UN VIAJE EN EL TIEMPO A LA BODA DE MIS ABUELOS
- annaclaudiaat0
- 8 ene 2024
- 4 Min. de lectura
Un enlace tradicional que hoy en día resultaría de lo más moderno

Lunes 16 de julio de 1956. Mañana espléndida y bastante calurosa. Día de la Virgen del Carmen, en la iglesia arciprestal de San Jaime apóstol, en Vila-real, Castellón, se casaba Pascual Arrufat con María Dolores Millán. Mis abuelos paternos. A los 25 y 24 años respectivamente. La boda estaba prevista para dar comienzo a las 10 de la mañana, pero al ser la Virgen del Carmen, los Carmelitas tenían una misa extra, o misa mayor, que hicieron en la iglesia. Acudieron todos para la boda y esa misa aún no había acabado. Veinte minutos en la puerta tuvieron que estar esperando y mi abuela recuerda que fue un contratiempo, un desbarajuste.
Caminando hacia la iglesia iba Lolín con su suegro, Eliseo, que fue el padrino, ya que su padre estaba muy delicado. Detrás Pascual, con su madre Concha, la madrina. Lo de no ver a la novia antes de entrar a la iglesia no era tendencia. Allá que iban ellos uno detrás del otro caminando hacia la iglesia.
La novia llevaba un vestido blanco de manga larga que le confeccionó Maria Pegueroles, una modista muy buena de Vila-Real que tenía una escuela de corte y confección donde mi abuela y otras chicas del pueblo aprendieron a coser. Lolín por la mañana trabajaba en el ayuntamiento y por la tarde iba a clase de costura. Su madre, Teresa, que era muy laboriosa, quiso que su hija supiera hacer de todo; bordar, coser, confeccionar. Una vez casados, como el vestido era suyo, con la falda hizo los volantes para el faldón del “cabàs de naixement” (capazo que usaban de cuna), de su primera hija, que nació 14 meses después. Mientras lo bordaba, su padre, que estaba ya débil, le dijo “qué lástima hija mía, muy bonito, pero ese cesto no lo veré lleno”.

Siguiendo con la descripción del maravilloso vestuario; en la cabeza llevaba una diadema que sujetaba un velo corto, unos pendientes de platino con un brillante de la joyería Sánchez en Castellón –regalo de sus suegros–, una cruz emblema de acción católica de color dorado –la de soltera era azul y cuando ibas a casarte hacían una ceremonia para darte la dorada–, una esclava de oro y unos guantes blancos –que aunque no te los pusieras se llevaban—. Los zapatos elegidos fueron blancos con poco tacón, “no sé dónde están, seguramente los usaría con algún traje clarito, me compraría un bolso blanco y en verano me los pondría”, explica. Por último el ramo fue de rosas blancas.
Los hombres iban de traje negro y el novio lucía pantalones de raya diplomática. Las madres de los novios de negro y con mantilla. Algunos invitados se hacían el vestido/traje a medida para la ocasión y otros lo reutilizaban de alguna fiesta patronal.
A la iglesia entraba primero la novia con el padrino y detrás el novio con la madrina. Has leído bien, primero la novia y después el novio.
Manuel Fidelo tocó el órgano en la ceremonia. Pascual solía tocarlo también para otras bodas. Como él iba a misa todos los días, a veces el cura le decía “Mañana tenemos boda Pascual” y él subía y tocaba el órgano, todo de oído, pero lo hacía muy bien.
Se intercambiaron las arras, “nos las debieron de dejar, porque monedas de oro…”, reconoce. No recuerda con qué canción entraron, pero salieron con la Marcha nupcial de Wagner.
A las bodas siempre iban muchos niños, “se juntaban los amiguitos y ala, todos entraban ahí”, comenta.
El fotógrafo Serra, tuvo en su escaparate mucho tiempo una foto enorme de Lolín de novia. “Se pensó que la familia la compraría, pero para qué quería yo esa foto tan grande”, explica entre risas Lolín.

Salieron todos de la iglesia, los novios iban delante, luego los padrinos y los padres de ella. Detrás todos los invitados. No se lanzaba arroz ni nada –eso no se llevaba–. El convite fue en el salón de “Els Lluïsos”, en la calle mayor. Pagado a medias entre las dos familias. Todo distribuido con mesas largas. En esa época en las bodas más normales se comía chocolate y pastas. Solo dulce. Posteriormente, cuando ya te querías distinguir un poco –como era el caso– empezaron a introducir cosas saladas. Aceitunas, bocadillos, papas. Primero salado y luego dulce. La gente decía “Uy sí, esa boda era de salado y de dulce”, afirma Lolín.
Cosas tan rompedoras a día de hoy como descoser el vestido de novia para decorar una cuna o tener bocadillos y papas el día de tu boda, eran de lo más normal en aquella época.
Previo al gran día cuando ya habías dado el tarjetón, la gente les llevaba regalos –la mayoría– o dinero en un sobre días antes de la boda. Si ibas de parte de la novia los llevabas a casa de los padres de ella y si ibas de parte del novio al contrario. Allí los exponían en una mesa cubierta con una sábana blanca, muy elegante. Lo que más recuerda que les regalaron fueron platos, “platos para toda la vida y aún tengo sin estrenar, envueltos en el papel del que los trajo” admite.
Cuando acabó la boda, un chófer del almacén donde trabajaba Pascual los llevó a Valencia. Durante el trayecto giró el espejo retrovisor, para no verles, por si al estar ya casados, querían ponerse cariñosos. Antes de la boda se habían dado muy pocos besos, contadas veces. De allí saldrían al día siguiente en barco. “Se solía ir a Mallorca, vaya, todos iban a Mallorca”, recuerda mi abuela.
En un principio la boda iba a ser en 1955 por la festividad de San Luis Gonzaga, ya que mi abuelo era presidente de “Els Lluïsos”, pero su familia decidió mandarlo a Alemania a estudiar el idioma, por lo que aplazaron la boda hasta el verano siguiente. Tras seis años de noviazgo, finalmente se casaron.












Comentarios